Experiencia Didáctica de la puesta en marcha de “SAPIENTIA AMORIS”

 

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“Sapientia Amoris”, este bellísimo camino formativo de nobles ideales, que pretende el anclaje de la teología en la tierra nutricia de la vida monástica –y de toda la vida contemplativa– en nuestra incipiente experiencia, está siendo un cauce propicio para un trabajo de formación permanente “comunitario”. El gran bien que hemos descubierto de este itinerario está en el especial acento en la dimensión comunitaria de la formación, donde la primacía está en el cultivo serio de la vida en el Espíritu –con hondura teológica y contemplativa- que disponga a renovar el espacio humano de la fraternidad en los monasterios.

Amar a Dios conlleva el desear saber lo más posible de Él, así como amar a Cristo implica buscarle, conocerle y reconocerle lo más posible. Amor y conocimiento se compenetran y alimentan mutuamente, y renuevan la vida fraterna como espacio humano habitado por el Dios Trino.

Con esta certeza en el corazón, hemos iniciado la puesta en marcha de este plan formativo con pequeños pasos que -a través de estas líneas- os compartimos.

En primer lugar, hemos realizado –tras la presentación oficial del plan– varios “encuentros motivacionales comunitarios” donde -en diálogo fraterno- hemos comunicado la identidad de “Sapientia Amoris”, qué busca, qué fines o meta tiene, qué espíritu mueve los estudios monásticos, la realidad de que este plan no busca un mero estudio sino una “reflexión orante” que toque la vida...y hemos despejado dudas, incertidumbres, incomprensiones y desalientos que mentalmente maximizan las dificultades.

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Para ello nos hemos valido de la lectura y diálogos comunitarios de algunas páginas del nº 1 de la colección “Sapientia Amoris”, tales como: la presentación, el epílogo, el espíritu de los estudios monásticos (p. 266-271), la metodología explicada con detenimiento y refrendando preguntas y dudas.

Fue muy lúcido para todas ver la diferencia entre los estudios teológicos en una universidad, que se parecen más a un “torrente avasallador” de datos, y el ritmo de los estudios teológicos en un monasterio que se asemejan más al “rocío cotidiano” que cae sobre la tierra, que previamente han labrado la lectio divina y la liturgia. Así el estudio de Dios y el Opus Dei convergen en la misma realidad: la persona de Dios a la que queremos conocer más y más. Esta diferencia agradó y atrajo interés hacia el plan.

La meta de “Sapientia Amoris” -que se desprende de este primer número y que presentamos con detalle leyendo algunas páginas y comentándolas-  es la renovación del espíritu de la comunidad. Esto convenció y abrió horizontes para entrar en el plan de lleno, involucrándose cada miembro; las edades, los deterioros físicos o psíquicos que frenaban el interés por esta formación se salvaron, ya que se intenta no la memorización de datos ni la mera erudición,  sino la renovación del corazón y la vida de cada hermana y por tanto del cenobio. No es una formación en solitario, esta certeza gustó; y también atrajo el ser una formación con una fisonomía trazada por lo sapiencial y esponsal, rasgos con los que se identifican desde dentro los llamados a vivir una vocación monástica, tejida de escucha y de adoración, de sabor y de comunión.

Durante estos encuentros se ha tratado de aupar, levantar y hacer crecer el deseo de todas por entrar en un camino común de enriquecimiento mutuo, todas juntas sin excluir a nadie, cada una aportando la luz recibida, para conocer mejor la vida y la persona de Cristo, y configurarnos cada vez más con Él. La persona de Jesús y su relación vital con Él es el mejor móvil para la monja.

El espacio sagrado del monasterio se aunó en una “meta común” que inyectó una nueva ilusión a la comunidad, un proyecto común que atrajo a todas. Y con la reproducción del DVD de la presentación del plan, como acto comunitario, se cerró el primer periodo de motivación.

 

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Ciertamente estamos en los inicios, pero hemos comprobado que el éxito de estos primeros pasos en la formación dependen del grado de implicación de todos los miembros de la comunidad –tengan la edad que tengan- y el trabajo en equipo es imprescindible, así como también la motivación de todas hacia un bien común.

Estamos aprendiendo –comunitariamente- a realizar una reflexión orante, donde el estudio se está convirtiendo en búsqueda de Dios comunitaria, amando las preguntas que de ella surgen, viviendo las preguntas y su espoleo como trabajo pedagógico personal y comunitario de toda la vida, aprendiendo a responder en lo cotidiano y a bajar a la realidad concreta lo reflexionado y orado.

Hemos seguido el paradigma de Moisés que se preguntó: ¿por qué arde esta zarza sin consumirse? y esta pregunta le abrió el acceso a Dios y a su diálogo, a partir del cual le cambió la vida. Nosotras hemos intentado entrar en el asombro de quien se abre a la escucha profunda de la Palabra para la que nació, también desde la formación que abraza la vida, en un peregrinaje sin parada hasta el final, y -en este momento de la historia del monacato- desde la dimensión comunitaria, respondiendo a Dios con una fidelidad cotidiana y sencilla, y una existencia “responsable” también en la formación.               

             m.p.jpg - 16.68 Kb                M. PILAR AVELLANEDA RUIZ, CCSB       

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