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Acojo con gusto esta invitación, y no puedo menos de comenzar con una Acción de Gracias a Dios, por su Amor incondicional, por haberse fijado en mí y regalarme este Don de la Vocación Monástica. Fue un 24 de septiembre de 1981 cuando le dije: ¡Sí, Amor, Gracias. Hágase en mí lo que quieras y como quieras! Y, la verdad es que me siento tan feliz y tan agraciada que, cada mañana, me brota del corazón un cántico nuevo, un himno a mi Dios, y desde aquí, sólo quiero dar testimonio de su Amor y de su Fidelidad.

Ciertamente: ¡Nadie que confíe en Él, quedará defraudado! Yo doy fe de esta verdad. La auténtica clave de la felicidad está en saberse amada, confiar en Él, y ponerse en sus manos.

Parece que en nuestro mundo hay que demostrar a los demás que somos poderosos, que somos los mejores en todo…para sentirse bien. Mi experiencia es todo lo contrario. Cuanto más consciente soy de mi pobreza, de mi pequeñez, de mi impotencia, y lo voy aceptando con paz y gozo, es cuando más se me va ensanchando el corazón, y esta verdad realmente me hace libre, porque no vivo en función de las expectativas de los demás sobre mí, vivo desde lo que soy, sabiéndome toda del Señor Jesús, y gozando de su Promesa: “Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin”.

Me anima y me empuja a vivir así la actitud de María: ¡Proclama mi alma la grandeza del Señor, porque ha mirado mi pequeñez…! Y también la de san Pablo: ¡vivo contento en medio de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Dios!

El “vivir bajo la mirada de Dios”, que es una expresión preciosa de San Benito para hablarnos de la humildad, nos puede servir de lema para poder dar sentido a nuestro ser y nuestro quehacer en este mundo.

¡Dios les bendiga a todos!

                                                         Mª Ángeles de Frutos