SAN BENITO Y SAN BERNARDO

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SAN BENITO Y SAN BERNARDO

SAN BENITO Y SAN BERNARDO, ARQUEÓLOGOS DE LA CULTURA

Cada vez adquieren más valor y se estiman más necesarios los elementos identitarios de nuestra cultura. Detrás de un sillar tallado por el tiempo florece un muro que evoca la suma de esfuerzos de muchas gentes. Esta permanencia firme y confirmada es la que conocemos como ‘cultura’, la cual nos recuerda nuestra condición de peregrinos enanos sobre la cumbre medular de un gigante.

San Benito de Nursia y los Benedictinos es uno de esos momentos históricos en los que una inquietud personal se convierte en movimiento y horizonte de referencia permanente. Sus tres años de retiro en las montañas de Montecasino, fueron suficientes para comprender la importancia de la formación espiritual e intelectual en el contexto de una vida comunitaria. La cultura grecorromana había perdido su alma y se desmoronaba en una Roma asolada por la corrupción y la decadencia. Lejos de prescindir de ella, Benito comprendió la necesidad de consolidarla. Cada sillar, ahora desperdigado y despreciado, era una obra maestra que podía reutilizarse con el patrón de la Sagrada Escritura. De ahí que ‘sus monasterios’ se convirtieran rápidamente en escuelas, en bibliotecas, en scriptorium… Paradógicamente, la cultura que en Roma apartaba de la búsqueda de Dios, ahora, fuera de las colinas de la ciudad eterna, se convertía en clave para interpretar y profundizar el sentido de la Palabra de Dios. La Regla benedictina lejos de apartar a la comunidad del mundo, se convertía en garantía y conservación de lo perenne del ser humano. Y sigue San Benito… el riesgo mayor de un monje, como el de un estudiante romano, es la otiositas. Porque la otiositas endiosa al individuo, apaga su inquietud natural y termina haciéndole olvidar que su deber es cultivarse para entender mejor la sabiduría divina expresada en la Palabra de Dios. Hoy nos gusta decir ‘cultura del ocio’ y nos quedamos tan campantes. En los muros de los monasterios hay muchos sabios sillares que nos recuerdan el peligro de la dispersión. Esos mismos sillares un día fueron tan perfectos que se convirtieron en castillos de libros y de arte nada inquietos. Por eso San Bernardo vino a decir que la otiositas también puede estar en la auto-referencia, en creer que en esta tierra ya se ha alcanzado el cielo. Pues no queda nada, como dice el Papa Francisco.

Volvamos a la inquietud, a la búsqueda… Así lo recuerda la Regla de San Benito, deudora de la regla de San Agustín y tantas otras reglas orientales que se inspiraron en la pequeña comunidad de Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios. Merece la pena escuchar su invitación a seguirle con tanto bagaje a nuestras espaldas, pero con la misma sencillez con la que miraba a sus discípulos, con el mismo coraje con el que le siguieron Benito y Bernardo.

Carlos Izquierdo Yusta