BENDICE ALMA MÍA AL SEÑOR (Salmo 102)

 Sí, bendice alma mía al Señor! Porque hay mucho por lo que alabarlo, bendecirle, agradecerle, a Él, nuestro creador, que conoce todo de nosotros, que nos mira con bondad y nos cuida con ternura. Porque cuando experimentamos su amor hacia nosotros no podemos evitar decir desde el interior, tengo sed de ti, como tierra reseca agostada sin agua, porque al conocerle con un corazón sincero y abierto no podemos dar la media vuelta y mirar en otra dirección, porque ahora es Él quien nos va guiando, acompañando, sosteniendo y levantando en cada paso que damos.

 

A Él, que me hizo, me formó, pronunció mi nombre desde toda la eternidad, para Él, la gloria y la alabanza por los siglos.  Y muy agradecida por los padres que desde pequeña nos hablaron de Dios a mis hermanos y a mí cultivando la semilla depositada por Dios-bondad.

 La mano amorosa de Dios a través de mi familia, amigos, comunidad pasionista y sacerdotes ha estado presente hasta ahora y en todo el camino que Dios ha permitido que recorra hasta llegar a esta gran comunidad donde Dios-Padre me sorprende cada día, donde Él va preparando el camino en todo lo que va aconteciendo… Dando una mirada hacia atrás pude contemplar con la gracia de Dios la preparación para llegar a esta nueva etapa del noviciado: comenzando con los ejercicios espirituales comunitarios y los días de retiro personal, hasta llegar a la petición y aceptación para comenzar a ¡ser la novia de Jesús! La llegada de nuestras hermanas de Venezuela, de una amiga mexicana y de mi mamá que sin yo saberlo venía cargada de cartas de personas  que estaban aquí, presentes a través de las oraciones.

 Cuando se fijó la fecha, Dios no dejó de sorprenderme pues coincidía con mi cumpleaños, ¿qué más se  puede decir? ¡Gracias, Señor, Gracias! Y seguía dando gracias, por la Congregación, por nuestro Padre San Benito, por lo santos de nuestra orden, por M. Abadesa, por M. Maestra, por todas y cada una de las hermanas  que forman la comunidad, de la mayor a la más pequeña, juntas preparábamos todo para ¡el gran día!  ¡el velo, el hábito, el ensayo, todo, las sonrisas, las lágrimas que también hubo ¿por qué no?, las oraciones, los nervios, pero todo esto unida en oración con Jesús pidiendo a la Virgen María que me  enseñase  a pronunciar las palabras “He aquí la esclava del Señor”... Antes, cuando alguna Madre me hablaba de la confianza, del abandono, de dejar todo en las manos de Dios pero cooperando con su gracia no lo entendía, decía entre mí…!me habla en otro idioma! Pero ahora con la gracia de Dios lo voy comprendiendo e intentando vivir cada día.

 Los consejos  de mi papá también estuvieron presentes en unas cartas que dio a mi mamá para que me las entregara, con detalles precisos y muy exactos: “la que está en el sobre-antes del hábito, la que está en la cajita de regalo-después del hábito” y así fue…aquí unas líneas de la primera carta:

 “Hija, mi querida Hija:

 Espero que te encuentres muy bien de salud y disfrutando del lugar donde estás, porque es el mejor lugar que has elegido, estar con Dios y sirviendo a Dios…

                                                                                      Atte.     Tu papá 

Sólo queda decir, ¡gracias Dios por mi papá y mi mamá! Durante el rito de iniciación en la vida monástica, allí frente al sagrario, escuchando a M. Abadesa que leía a nuestro Padre San Benito viví nuevamente en comunidad este momento y por unos segundos sólo el Señor y yo,  confirmando en el interior: “Sí, Señor quiero vivir plenamente esta nueva etapa buscándote a ti, bajo una Regla, una abadesa, en la vida cenobítica, en esta Congregación y en este lugar, alabándote, escuchando tu Palabra que da vida, que renueva, en el trabajo humilde y donándome en la vida fraterna, ésta respuesta fue y es, solo para ÉL. Después mi mamá llevó la bandeja de los hábitos y M. Maestra y M. Abadesa me ayudaron a vestirme, sintiéndome abrazada por Cristo, salimos… y aunque temblaba como una gelatina al caminar, el gozo, agradecimiento y paz los viví en el interior. El abrazo a M. Abadesa, comunidad, mamá y amigos fue lo siguiente, pero faltaba algo…leer la carta de mi papá  y aquí un pedacito:

 "Azened, Hija, recibe la Gracia de Dios  y la paz de Jesús nuestro Señor y por mi parte le agradezco a Dios Padre que nos haya dado una hija sana y deseada con mucho amor, quiero decirte que estoy contigo aunque no físicamente y tu felicidad también me da mucha felicidad, te doy un fuerte y prologado abrazo y pronuncio “felicidades hija” y te digo lo siguiente:…

                ¡Tu papá que te quiero mucho hija!”

 Sin duda Dios nos acompaña, nos ayuda y nos muestra su infinito amor a través de nuestros Padres, amigos, nuestra nueva familia en el monasterio y en todo lo que vivimos cada día.  Gloria y alabanza a nuestro Dios creador por los siglos de los siglos.

 Finalmente pido a Dios que bendiga a cada una de las personas que han leído este escrito y me encomiendo a sus oraciones para que pueda decir como el salmista unida a la Iglesia: “ Alabaré al Señor mientras viva”.

 

 

 

 

 

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